Voy de un lado a otro sin rumbo fijo. Soy un pasajero errante del destierro. Recuerdo cuando cultive astromelias y no me gusto. Al lado de las rosas se veían vulgares para algún entierro. Me quede tieso acá, en medio de la estación del tren esperando encontrar el vagón sagrado que me lleve a ningún lado. Revise bien el techo y en medio de un porro tamaño titanic, flote encantado por el eclipse del mediodía, y no era nada, era que habia cerrado los ojos. Me senté silencioso en el ultimo vagón y esparcí las cartas que le escribí a Imelda y que nunca recibirá, porque no se donde esta. Me quede dormido porque es bueno dormir, para olvidar. La azafata del tren fantasma vino y me dio de comer, pero no pudiendo devorarlo todo, le devolví sus bragas. En el coche restaurante me senté a ver a esa rubia de ojos claros que se quedo mirándome en la taquilla y yo le ofrecí una copa, y en algún remolino del camino me mostró tambien su magia, gimiendo golosa mientras yo me entraba en su senda húmeda. Tome unas pastillas de no se que mierda y desperté tres días después, completamente cansado. El tren ya habia llegado y yo me baje de noche en cualquier ciudad. Quise comer chorizos y los acompañe con un buen vino barato. Un cartel de circo me recordó que yo tambien estoy en uno. En el de mi vida, donde antes fui trapecista y ahora encaro la fiera, porque soy domador. Es el día de san Valentín y yo compre unos chocolates para Imelda, los cuales se derritieron bajo el brazo, mientras yo cantaba nuestra canción parado en la bahía. No me importa nada. Yo renuncie y me quede solo. Si usted no lo ha vivido, le recomiendo que se trague una daga filosa que destroce sus entrañas, entonces tal vez, me de la razón.
CONTINUARA ...

